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agosto 02, 2013

Decálogo del fumador.


Uno. Llevarás el cigarro despacio hasta tu boca. Aprende del cine de la nueva ola francesa y, por lo tanto, del viejo cine de gángsters. Haz que fumar esté bien visto. De lo que se trata es de igualar la parsimonia del humo. Basta observarlo en ausencia de las molestas corrientes de viento para comprender que el ritmo propio lo es todo.

Dos. No inhalarás con ansia. Permite que el humo recubra los muros de tu boca – paladar, lengua, las rejas de tu dentadura – y luego los de la laringe y tráquea, que – sabia y generosa – repartirá el placer entre tus pulmones. Hazlo profundamente.  En el acto de fumar hay olfato, gusto y vista, pero también tacto: el humo tiene dedos. No hay placer sin pausa.

Tres. Exhalarás con sosiego. La misma regla del movimiento de tu brazo vale para la retracción de tu tórax. Un hombre enamorado se despide poco a poco. Tu boca – tu pecho, acaso tu respiración completa – está enamorada del humo. Deja que se huelan un poquito más: no volverán a estar juntos – y morirán dentro de poco.


Cuatro. Tomarás el cigarro con tus dedos índice y pulgar. No conozco a más de dos o tres personas (todas ellas mujeres) que luzcan bien fumando con el índice y el medio. Una de ellas es Marlene Dietrich, y lleva muerta desde mil novecientos noventa y dos. Si sabes hacerlo, adelante; si no, no pasa nada. No permitas que nunca nadie te critique por fumar con ayuda del pulgar. Quien lo haga no merece las bondades del tabaco, ni cualquier otra bondad.

Cinco. Procurarás que las cenizas caigan en el cenicero. Éste – como el escusado y la boca, entre otros receptáculos y orificios – es una figura simbólica: basta no estar concentrado en el dedazo para que la ceniza brinque caprichosamente. Hay que retomar esa pequeña civilización – el mundo es un gran cenicero de por sí. Dos opciones: o miras con atención (desenfadada: siempre así) el cenicero y mides la fuerza del golpe de tu dedo (acaso convenga hacerlo muy cerca de la orilla contraria hacia la cual saldrán disparadas las cenizas); o bien – esta opción me parece de mayor refinamiento – retiras la ceniza frotando la fresa contra el cenicero en movimientos circulares, como si afilaras un lápiz. Contempla esta palabra: cenicero

Seis. Tendrás una servilleta a la mano. Si las técnicas del punto anterior fallan (todo falla: siempre), limpia (también con calma) las cenizas de la mesa. No importa cuántas veces tengas que hacerlo. Nadie deja de limpiarse el culo por saber que cagará muy pronto – aunque, espero quede claro, esto no es un asunto de higiene: es algo más. Tú sabrás entender.

Siete. Serás compartido. Para ello deberás comprar cajetillas y no cigarros sueltos. El día de ayer el tabaco subió algunos pesos más; sí, ¿y? Ni modo. Partimos de la premisa de que fumar no es un lujo. Tampoco una adicción. Es una necesarísima transgresión: al respingo, pero también a tu cuerpo, a tu cerebro, a la capa de ozono. Para ello hacen falta mercenarios y los mercenarios requieren más y más cigarros. Piensa, desde el instante en que introduces la mano a tu bolsa o a tu saco, cómo habrás de convencer a tu acompañante de que fume contigo. Una buena frase puede hacer que su opinión cambie, aunque sea durante un par de bocanadas: piénsala desde ya. Ante la negación, permítete insistir.

Ocho. Maridarás sin restricciones. Toma una bocanada, luego un trago de alcohol. Hay tantas combinaciones por explorar; comienza ahora: vinos blancos, tintos, rosados; bourbons – sin hielo, por favor; pisco peruano, mezcales con chaser (de tequila), licores absurdamente dulces y vodkas imposibles de beber. Y, cuando lo hayas barrido ya todo, no tardes en extender la ecuación de tu boca. Añade la comida: un bocado, una bocanada, un trago. y así hasta caer muerto.

Nueve. No ventilarás la habitación donde te encuentres. Ya estás grandecito: asume las consecuencias de tus actos.

Diez. Te negarás a ser tratado cuando el cáncer aparezca. El gobierno aumentó los impuestos para cubrir tus gastos médicos. Tú los aceptaste. Los hospitales siguen igual de abarrotados: hay, en la sala de espera del 2 de octubre, un hombre con un fierro clavado en la pierna esperando a ser atendido; hay dos baleados en el hospital Balbuena que podrían ser salvados, pero no pasará; hay cientos de infecciones cuya causa es la negligencia. Sé gentil: cede el paso.



Texto de Carlos L.V. @Chanwilin

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